Aquella tarde Martín decidió equivocarse por primera vez. Todavía cuando me lo cuenta, se sonroja.
Sentado, en la terraza del Café Español, se fijó en la mesa de enfrente. Allí se encontraba una chica preciosa, con unos grandes ojos azules, una melena rizada, y unos labios donde encontró su propio destino.
Esa boca…
Martín tenía credo y religión, tenía filosofía, tenía promesas de amor eterno entregadas al por mayor, tenía ganas de llorar cuando estaba solo.
Decidió equivocarse, levantarse, sacar un cigarro y decirle:
Perdona ¿Tienes fuego?
Cuando escuchó por primera vez su voz, se enamoró eternamente, se condenó para siempre.
