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Carta desde el Rio Riazor

Un millón de años antes de que aparecieras, tal vez pude conocer a alguien como tú. Pero alguien que no supo saltar, al menos sin mirar, a este abismo de la distancia.
Después de habernos visto miles de veces en estas dos conversaciones, me pregunto que ha sido de mí. No te sabría decir si estas hablando conmigo, o soy un simple espectador entre tu y alguien que usurpa mi identidad.
Y me encantaría que siguieras sumando horas de búsqueda y captura en tu cama, de esas tantas veces en las que nunca hemos quedado. No puedo seguir negando algo que no paso, ni en tu habitación, ni en mi propia destrucción.
No quiero más frio que el que me puede dar la espera de tu llamada en este mes de Enero. No sabría decirte que es lo peor de que nadie este. Si es peor que no estés tú o no este yo. O que a la vez estemos dos.
Solo quise volar, salir, escapar, no sé muy bien como definir estas ganas de huir de una realidad que no me pertenece. En la que me intento camuflar como animal en peligro de extinción. ¿Y que quieres que haga cuando me encuentro con alguien como tu? Alguien como yo.
No desharé la maleta, y seguiré esperando en la orilla de nuestro rio. No necesitas más que saber nadar a contracorriente, ¿Fácil, no? Vuelve, hazlo por mí, lo necesito. O mejor aún, hazlo por ti, ahí afuera no encontrarás nada mejor. Todo se pudre.

La mano en el fuego

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Ayer mi iPod me lanzo un tema contra el cuello. Con los ojos bien abiertos escuché:

La mano en el fuego / así te sigo el juego / me quemo siempre por ti / he renunciado al cielo / me arrastro por el suelo.

Miré a ese aparato que cuando lo pones con la dichosa “reproducción aleatoria” siempre te hace alguna putada. Ahora me mira sonriente diciéndome: “Te has vuelto a equivocar poniendo la mano en el fuego”

A punto de cumplir los 25 años me hace gracia repasar las veces que he puesto mi mano en el fuego por apoyar a una persona, y las veces que me he quemado.

Lo más gracioso, es lo ingenuo que puedo llegar a ser, que encima siempre pienso que esa persona nunca me fallaría.

La mano en el fuego / y ya veremos luego / no lo hago solo por mi / y no me voy a arrepentir.

Pero no me voy a cansar de equivocarme, de apoyar a la gente que piense que tiene razón (porque tú la llevabas), aunque luego me vuelvan a decepcionar. Por lo menos yo seguiré siendo yo. Y no seré las ruinas que dejan los años que pasan, por mucho que algunos llamen madurez.

Hizo ayer una semana

Hizo ayer una semana desde que me ocurrió algo muy extraño. Podría decir que necesario, podría decir que comprensible. 

Caminaba por la calle dirección a ningún lugar cruzándome con gente que ni quería conocía. Cuando a la altura de un portal de grandes azulejos verdes un niño de unos 10 años me saludo. No me llamo por mi nombre, aunque lo intentó. 

No sé que luz vi en aquel chaval, que comenzó a contarme su vida, que olvidé lo que tenía que hacer y me senté en el bordillo a escucharle. Me hablo con total sinceridad: de lo que quería ser de mayor, de su relación con los demás, de cuantos sobresalientes le iban a poner, incluso hizo alarde de haberse equivocado dos veces en su vida. 

Si tu supieras cuantas te quedan… – Pensé yo. 

De repente se levanto el camal del pantalón hasta dejar descubierta la rodilla izquierda y me enseño una herida que le había cicatrizado pero le había dejado marca. 

Entonces, me pregunto si se le quitaría.

 Yo repetí el mismo gesto que él, y le enseñe mi rodilla izquierda, y le contesté que no.

Perdona… ¿Tienes fuego?

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Aquella tarde Martín decidió equivocarse por primera vez. Todavía cuando me lo cuenta, se sonroja.

Sentado,  en la terraza del Café Español,  se fijó en la mesa de enfrente. Allí se encontraba una chica preciosa, con unos grandes ojos azules, una melena rizada, y unos labios donde encontró su propio destino.

Esa boca…

Martín tenía credo y religión, tenía filosofía, tenía promesas de amor eterno entregadas al por mayor, tenía ganas de llorar cuando estaba solo.

Decidió equivocarse, levantarse, sacar un cigarro y decirle:

Perdona ¿Tienes fuego?

Cuando escuchó por primera vez su voz, se enamoró eternamente, se condenó para siempre.

 

Indignados con(tra) la Iglesia

15O

Mucha gente conoce cuál es la postura sobre la Iglesia Católica de un aficionado a las religiones como yo. Y digo aficionado porque siempre me ha encantado conocer un poco los ritos, las costumbres, los guías espirituales de cada una de ellas.

Si digo que mi alejamiento a la religión Católica fue por culpa de la filosofía, muchos pensarán que el causante fue Nietzsche, pero se equivocan. Fue gracias a Descartes, y eso que no tuvo un par de huevo para decir algunas cosas como son. Ya que al final de su vida concluyo diciendo que como no se podía demostrar que Dios no exista, pues entonces, existe.

Descartes me dio muchas herramientas acerca de la moral, y me enseño una gran cosa, es mejor cruzar el bosque por el camino que has empezado, que no estando cambiándote de camino cada dos por tres. Algún día saldré del bosque.

Ayer fue 15O y los indignados volvieron a saltar a la calle. La prensa dice que con mayor fuerza que nunca. Y la verdad es que fuerza hay que tener para poder levantar algunas figuras que se encontraban en una Iglesia de Roma que varias personas asaltaron y destrozaron.

Tengo que decir, que cuando tenía 17-18 años yo también he llegado a pensar que “la única iglesia que ilumina es la que arde”. Ahora con el tiempo mi visión ha ido cambiando. Y aunque mucha gente realiza una labor muy humanitaria dentro de la comunidad católica, también hay otros que siguen “dejando que los niños se acerquen a mí”.

La iglesia ha matado a tanta gente, ha realizado tantas locuras, han sometido al mundo, han ganado tanto dinero, que no es fácil olvidar esas cosas por mucha labor humanitaria que continúen haciendo. Así que no me quiero imaginar que hubiera hecho yo si con 17-18 años hubiese salido indignado por las calles de Roma y me encontrará dentro de una Iglesia. Seguramente al mobiliario no le hubiese hecho nada, pero cuatro cosas al cura sí que le hubiese dicho. A fin de cuentas los figuristas no tienen la culpa y no deberíamos de tomar con su obra.

La culpa fue de otros.

 

Fin de semana. Fin de muchas cosas

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El fin de semana ha sido bastante especial por varias cosas. Un fin de semana marcado por algunas despedidas.

Por un lado, alguien muy especial en mi vida se irá dentro de muy poco fuera de San Juan a vivir durante un tiempo. No lo quiero pensar mucho, y cuando ocurra quiero ver como me adapto. Al fin y al cabo la vida es cuestión de supervivencia.

Ya sabés que te echaré mucho de menos. Te quiero!

Por otro lado, llevo un tiempo un poco cansado de algunas actitudes. Intento ayudar a mis amigos en todo lo que puedo, pero cuando hay alguien que te induce a un circulo autodestructivo, lo mejor que puedes hacer es dar un paso para atras por un tiempo.

El tiempo se detiene en un parque cualquiera

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Una caja de Cola-Cao se convertía en un maletín mágico mientras recorría las callejuelas de un parque.

Hoy estuve un buen rato en un parque. Y por un momento me di cuenta lo sobrevalorado que está el tiempo. Intentaba leer, pero era imposible, hay que ver la gran capacidad que los pequeños tienen de llamar mi atención. A escasos metros regalan palomitas. Palomitas…

Hoy estuve un buen rato en un parque. Leyendo un guión que alguien brillante se desnudaba a través de letras. Es impensable e imposible la facilidad con quien alguien se puede vaciar tanto por dentro para llenar tanto un texto.

Hoy estuve un buen rato en un parque. Y hemos puesto en marcha un nuevo proyecto. Estoy tan lleno de ilusión por estos nuevos proyectos, que me duele cada día que pasa sin que comiencen.

La primera falta

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- Julia: ¿Sola? ¿Donde? Imposible: no puedo.

- Juan: Debe usted hacerlo, y antes que vuelva el señor conde. Quédese, y ya sabe lo que le sucederá. Cuando se ha cometido la primera falta, hay que escapar, porque el mal está apenas iniciado. Más adelante nos hacemos más desenvueltos, más confiados, y al fin nos descubrimos. Viaje, pues. [...]

Extracto de La señorita Julia

Volver a aquella mañana, horas antes de la primera, a la estación. Pensando si estaba haciendo bien…

Me encantaría volver, para: viajar, pues.

Yo no creo en el destino

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Ayer cuando me lo preguntaste, ni siquiera lo dude un momento. No creo en el destino – contesté rápidamente.

Tu me diste tus razones, y mi imaginación, como no, voló hacía el mundo de los místico, donde nuestro futuro está escrito en la palma de nuestra mano, y donde nuestros antecesores nos visitan cuando soñamos en viajes grandes.

He estado pensando mucho, y he descubierto que no entré en aquel café por casualidad; los encuentros más importantes ya han sido planeados por las almas antes incluso de que los cuerpos se hayan visto.

Generalmente estos encuentros suceden cuando llegamos a un límite, cuando necesitamos morir y renacer emocionalmente. Los encuentros nos esperan, pero la mayoría de las veces evitamos que sucedan. Sin embargo, si estamos desesperados, si ya no tenemos nada que perder, o si estamos muy entusiasmados con la vida, entonces lo desconocido se manifiesta, y nuestro universo cambia de rumbo.

Esto es lo que me he encontrado leyendo hoy el libro de Once minutos, quizá haya sido una casualidad del destino, como cuando nos conocimos…

Ha llegado mi Kindle

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El viernes me dieron el último regalo de cumpleaños, que ha llegado con un poco de retraso pero era de esperar, se trata del Kindle de Amazon y tengo que decir que se ha convertido en mi gadget favorito.

Y debo de recomendarlo por varias maneras. Ha convertido la lectura en una nueva sensación mucho más atractiva para todos aquellos que nos encantan estos aparatos tecnológicos.

Entre su pantalla que no cansa la vista, su escaso peso, la gran capacidad para llevar miles de libros, la posibilidad de navegar por internet con su navegador básico, y lo más importante que he podido encontrar todos los libros que he buscado hasta ahora, hacen que Kindle no se despegue de mis manos.

Justo con la llegada de mi Kindle he querido retomar la red social Anobii, así que he incorporado mi estantería a mi blog, para poder compartir los libros que voy leyendo.